Vivimos en la era de la distracción permanente. La atención se ha convertido en un recurso escaso, fragmentado y continuamente interrumpido. Este fenómeno no solo impacta al consumo de contenidos digitales, sino que se ha trasladado de forma silenciosa pero profunda a las empresas, afectando la manera en que las personas trabajan, deciden y generan valor.
Un ejemplo revelador proviene de Netflix. La plataforma ha solicitado a cineastas repetir los puntos clave de la trama hasta tres o cuatro veces dentro de los diálogos. La razón es simple: Netflix asume que el espectador promedio ve películas y series en un entorno lleno de estímulos —teléfonos móviles, notificaciones, etc.— que compiten constantemente por su atención. A diferencia del cine, donde el entorno favorece la concentración, en casa la atención es intermitente.
Esta decisión ha provocado cambios significativos en la narrativa cinematográfica. Según comentó Matt Damon, ahora se exige una escena potente en los primeros cinco minutos para “enganchar” al espectador y, posteriormente, se simplifica el guion repitiendo información clave para evitar que se pierda la historia si se distrae. El relato se adapta a un público que hace “scroll” en redes sociales mientras la película corre de fondo.
Lo preocupante es que este mismo fenómeno ocurre dentro de las organizaciones.
Empresas que repiten porque nadie está realmente atento
Hoy, en muchas empresas, las juntas funcionan como los guiones de Netflix: se repiten ideas, objetivos y decisiones porque los participantes no están plenamente presentes. Correos que deben reenviarse, instrucciones que se explican varias veces, proyectos que se desvían porque “no quedó claro”. No es falta de inteligencia ni de compromiso; es falta de atención sostenida.
El colaborador promedio atiende una reunión mientras revisa mensajes, responde correos, consulta dashboards y recibe notificaciones constantes. El resultado es una falsa sensación de productividad: se está ocupado, pero no enfocado. Como en el streaming, el trabajo ocurre “de fondo”.
El costo oculto del desenfoque organizacional
La dispersión tiene costos reales: decisiones pobres, retrabajo, lentitud estratégica y desgaste emocional. Cuando todo es urgente, nada es realmente importante. Las empresas comienzan a operar en modo reactivo, apagando fuegos, repitiendo mensajes y simplificando excesivamente los problemas complejos, justo como los guiones que sacrifican profundidad por retención de audiencia.
Además, el liderazgo se ve afectado. Si los líderes asumen que su gente no está atenta, comienzan a sobrecomunicar, controlar más y confiar menos. Se genera un círculo vicioso donde la falta de enfoque alimenta estructuras rígidas y burocráticas.
Recuperar la atención como ventaja competitiva
Así como Netflix ha optado por adaptarse a la distracción, las empresas tienen dos caminos: resignarse al desenfoque o convertir la atención en una ventaja competitiva. Esto implica rediseñar la forma de trabajar: reuniones más cortas y con propósito claro, menos multitarea, espacios reales de concentración y una cultura que valore la profundidad sobre la inmediatez.
En un mundo saturado de estímulos, las organizaciones que logren foco tendrán mejores decisiones, mayor innovación y equipos más comprometidos. Porque, al final, el verdadero problema no es la falta de información, sino la falta de atención para procesarla.
La pregunta clave para las empresas no es si su gente está ocupada, sino si está realmente presente.




